¿Habéis pensado alguna vez en las cosas que hubieran podido ser pero no fueron? Qué tontería, pues claro que lo habéis hecho. Pero no hagáis más por favor.
La vida es un camino lleno de encrucijadas y decisiones, continuamente evaluamos, pensamos y optamos. Algunas veces de forma consciente y meditada, otras de manera impulsiva. El tiempo es caprichoso, y a pesar que a veces lo sintamos lento o rápido, tiene una curiosa propiedad: el lineal y goza de un solo sentido, que es adelante (por favor, tomadlo en un sentido literal, que la ira de los físicos cuánticos, teóricos y demás bichejos no caiga sobre mi). ¿Por qué entonces dedicamos parte de nuestro finito tiempo en pensar en cosas que hubieran podido ser? Bueno, somos humanos, y a veces tendemos a la autodestrucción, a la nostalgia. Nos torturamos pensando en qué hubiera pasado si, o lamentando de habernos equivocado.
Pues sí, la vida son decisiones, y puede haber aciertos y errores; algunos son fatales, otros simplemente no trascidenden. A veces incluso el azar toma decisiones por nosotros, como por ejemplo perder un autobús por un minuto, o no coger una llamada por tener el móvil algo más lejos de lo normal. ¿Qué hubiera pasado?
La verdadera entereza, el aprendizaje y la evolución se logran cuando aún cometiendo un error, en lugar de lamentarse aprendemos de él. La supervivencia es aceptar las consecuencias y no perder ni un minuto compadeciéndonos de nosotros mismos.
Y cuando se asume este comportamiento, sólo entonces, se pueden tomar decisiones con honestidad, con valentía, sin miedo. Sin miedo y con valentía porque podemos equivocarnos, pero no temeremos lo que pueda pasar. Con honestidad, porque será la decisión que creímos correcta en ese momento, aunque luego no la fuera. Sin riesgo no hay gloria, dicen y sólo de esta manera no perderemos el tiempo pensando en cosas que hubieran podido ser, pero no fueron.
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